domingo, febrero 02, 2014

La casaca desajustada de Alan García

Una breve semblanza de un hombre enamorado del poder

Una foto clásica de la revista Oiga, reproducida varias veces, muestra a Alan García, con menos de 30 años, en una esquina del hemiciclo del Congreso, con una casaca negra de cuero que no llegaba a cubrirle el brazo, como si estuviera hecha para personas con extremidades más pequeñas. Eran los días de la Constituyente y el que sería más tarde dos veces presidente de la república era un joven diputado aprista al que se le asociaba con las fuerzas de choque de su partido que se habían enfrentado duramente con la izquierda en las calles aledañas en los primeros días de funcionamiento del nuevo organismo.

Otras fotos de la época vuelven a mostrar a García con la misma casaca desajustada a su talla en intervenciones en el pleno y en declaraciones a la prensa. Hasta se podría decir que era su única prenda de vestir para esas circunstancias. Lo que no se sabe, sin embargo, es que la chaqueta de cuero había sido comprada en una excursión de miembros del partido para adquirir ropa de segunda mano al mercado de prendas usadas que se ubicaba cerca de La parada y era conocido por el nombre de la Cachina.

¿Cómo había llegado Alan García hasta ese lugar para vestirse para iniciar su carrera parlamentaria. Según cuenta el que fuera su íntimo amigo, Rómulo León Alegría, todo comenzó con un encuentro con el dirigente sindical Luis Negreiros, tan joven como García y León, en el que la sorpresa era el saco de gamuza y los zapatos finos del obrero frente a los jóvenes profesionales sin dinero. ¿De dónde sacaste eso?, preguntó García y Negreiros les contó el secreto de la ropa de segundo uso. Así surgió un grupo de cachineros que nadie se percataría de su precariedad.

Juego de candidatos

En 1980, Alan García era el secretario de organización del APRA y se estaba preparando la campaña presidencial de ese año y en el partido habían dos candidatos: Andrés Townsend, que era el dirigente con mayor preparación teórica y con las mejores relaciones con otros sectores políticos, ubicado en la tradición del “cachorro” Seoane, del que se consideraba legítimo heredero; y Armando Villanueva, que representaba la tradición del partido clandestino y sacrificado, y que en un gesto que se puede considerar calculado había renunciado a la opción de formar parte de la Constituyente para dedicarse a organizar al partido.

García y León eran del sector armandista que era una manera de decir que eran de la fracción camiseta que privilegiaba la proyección interna del dirigente sobre su figuración hacia afuera. Así se llegó al evento de Trujillo en el que el secretario de organización tuvo la manija en el reconocimiento de las delegaciones y desde allí ayudó a la victoria de Villanueva. Como se sabe, el “zapatón” nunca fue presidente y su campaña del año 80 fue un monumento a lo que no se debe hacer en elecciones, al presentar al partido como una potencia dispuesta a pasar sobre lo que se le pusiera al frente. El APRA tenía ola fuerza, decían los eslóganes que se cantaban con himnos marciales. Belaúnde fue elegido presidente por segunda vez y Villanueva se encerró en su casa como autocrítica práctica por no haber podido lograr la victoria que les había encomendado Víctor Raúl Haya de la Torre.

En 1982, García reunió a su grupo generacional. Tenía 32 años, pero lo que iba a comunicarles merecía un tono grave como si hubiera madurado a gran velocidad. En medio de la ansiedad de los presentes dijo que había decidido postularse a la presidencia. Alguien le planteó el tema de la generación intermedia que se había preparado por años para reemplazar a los viejos y Alan contestó que esa era gente malograda, que se había contaminado con los arreglos con los grupos oligárquicos en la época de la convivencia y la superconvivencia. Se necesitaba un nuevo liderazgo y eso empezaría a decidirse en el Congreso de 1983, donde se decidiría una nueva secretaría general.

Empezaba la batalla para desplazar a los cincuentones y cuarentones que antecedían al ambicioso aspirante a la secretaria general cuya proyección electoral se iba haciendo evidente entre sus compañeros. León cuenta que entre los viejos había una resistencia muy fuerte al plan de García, y que el propio Armando desaprobó el proyecto. El único que tenía un pacto secreto con el candidato de los jóvenes, era Luis Alberto Sánchez, que finalmente lo respaldó en el congreso del partido ante la sorpresa general. En 1985, el viejo zorro sería el acompañante en la primera vicepresidencia del candidato aprista de 35 años, que ya no hablaba del partido, ni de la fuerza, y que había reemplazado los himnos por melodías mucho más amables.

García era Alan Perú, un movimiento supuestamente más ancho que el aprismo, que enfrentaba el desgaste del bloque AP-PPC que venía de ser gobierno y que estaba colocado a la derecha del candidato de la estrella, y a la Izquierda Unida de Barrantes que tenía el municipio de Lima y que iba en ascenso, Al final García ganó por amplio margen seguido por la izquierda, y más atrás el PPC de Bedoya y AP con Alva Orlandini. El mozallón, como le llamaban entonces había derrotado a todos sus rivales internos y externos. Entraba en la historia del Perú y en otras historias que lo convertirían en el centro de debates y acusaciones. Sobre eso se ha escrito bastante y se seguirá escribiendo y discutiendo.     

02.02.14

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