miércoles, abril 28, 2010

La izquierda de los 90 a los 2000

En 1990, los votos de la izquierda emigraron a Fujimori mucho antes que los partidos tomaran la decisión de votar por el candidato sorpresa de Cambio 90, en la segunda vuelta de dicho año, con la finalidad de cerrarle el paso al que se consideraba el “enemigo principal”: la candidatura de extrema derecha encabezada por el escritor Mario Vargas Llosa. ¿Por qué los votantes tradicionales de la izquierda giraron hacia un candidato ajeno? La respuesta es muy sencilla: ¿por qué no le veían ninguna posibilidad a una izquierda dividida, en la que por un lado estaba el candidato y por el otro la organización, en una situación en que las propuestas no se diferenciaban claramente y en la que la izquierda misma no creía que podía ganar?

La izquierda del 90, como dije hace unos días carecía de voluntad de poder. En realidad no creía en ella misma y transmitía esa idea a la población, que vio que el chinito del tractor sí podía ganar o sí quería ganar, y cambió su opción de voto, porque presentía que el mayor peligro que tenía al frente era que una derecha robustecida y arrogante arrasara con sus precarias condiciones de vida, sus derechos e impusiera un plan de militarización, como lo veía proclamando abiertamente. Otra cosa es que finalmente Fujimori se burlara de sus votantes y se ajustara a la pauta neoliberal, combinándola con una intensa dosis de políticas populistas. Lo esencial es que ese volteretazo de las masas pobres de la izquierda al “out sider”, no fue episódico o táctico. Expresó una ruptura profunda que nunca se pudo terminar de entender y asimilar.

En 1995, un Agustín Haya que hacía su última actuación dentro de la izquierda, antes de reclamar su lugar en el partido de la familia, convenció a los dirigentes de Patria Roja, el PCP y el PUM, que el logo de Izquierda Unida y Barrantes, todavía tenían un capital de votos, que podía redituar una cierta cantidad de puestos parlamentarios. Así en forma pragmática se restituyó una unidad precaria para ir a las elecciones, que estalló en el camino cuando se quisieron elegir los representantes dentro de la plancha y nuevamente cuando se votaron los números en la lista parlamentaria. Los pleitos hicieron correr a Barrantes y convirtieron a Haya en candidato presidencial, frustrando su intención de volver al Congreso. Ironías de la vida. La izquierda unida pragmáticamente fue tan ineficaz como la desunida con seudos argumentos ideológicos. En el 95, se creyó tocar el fondo cuando los que antes representábamos al tercio social y política del país, quedamos por debajo de la secta de Ataucusi.

El 2006 la izquierda estaba en una disyuntiva entre una nueva asociación pragmática del tipo de la de 11 años antes, que no prosperó, y la división con argumentos de elite que estaban muy lejos de los electores. Como sabemos, a pesar del esfuerzo de varios partidos por conseguir una difícil inscripción que costó años, duros sacrificios y los alejó de la política diaria, la izquierda terminó masacrada electoralmente en la primera vuelta. La ruptura con las masas no se había resuelto en todos los años transcurridos, ni lo ha hecho hasta hoy, y ese no era un problema de inscribirse, reunirse o lanzar una proclama. Es que la gente ha dejado de ver a la izquierda organizada como una opción de poder. Y esa tal vez no sea una cuestión de cómo el pueblo mira a la izquierda, sino de si la izquierda es capaz de entender a nuestro pueblo.

28.04.10
www.rwiener.blogspot.com

1 comentario:

Juan A. Cavero G. dijo...

Es lamentable que personas valiosas como Javier Diez Canseco o Ricardo Letts, no tengan una participación más protagónica en la política peruana, y probablemente ya no la tengan, debido a la incapacidad aparentemente innata de los partidos de izquierda, de alcanzar un mínimo de unidad. En 2006 ni siquiera pudieron lograrla alrededor de una demanda concreta: la convocatoria a una Asamblea Constituyente que acabe con el ordenamiento fujimorista que padecemos. Probablemente, la izquierda histórica que conocemos volverá a cometer los mismos errores y seguirá desunida. Algunos de sus dirigentes se contentarán con sus pequeñas parcelas de influencia sindical, otros seguirán encerrados en su "posición correcta", y los más patéticos, las "reinas" y demás intelectuales de izquierda, en sus torres de marfil, discurriendo brillantes e inútiles raciocinios.
Si hay un verdadero cambio a partir de las próximas elecciones, a lo mejor veamos que nuestros dirigentes de izquierda, por la fuerza de los hechos tengan que tomar posiciones consecuentes, no guiados por sesudos teóricos, sino por las acciones que tome un hombre salido nada menos que de las filas del Ejército. Siempre es bueno traer el ejemplo venezolano, donde los antiguos izquierdistas tuvieron que optar: unos apoyando el proceso de cambios, como José Vicente Rangel, y otros oponiéndose a la historia, como el nauseabundo traidor Teodoro Petkoff.