jueves, noviembre 23, 2006

Crisis de todo lo existente

Para describir lo que acaba de pasar me inclino mucho más por la frase con la que titulo esta columna, que con las relamidas fórmulas: nuevo mapa político, victoria de los independientes, derrota de los partidos. Cierto, a primera vista uno se ve con la tentación de poner colores sobre el mapa del Perú y el de Lima y hacer contrastes: donde habían 12 regiones apristas, ahora hay dos o tres; donde ganó Humala en primera y segunda vuelta, ahora están un montón de jefes regionales; donde se enseñoreaba Somos Perú en la capital ya no queda casi nada de la herencia de Andrade Y Castañeda ha podido imponer solmenes desconocidos, etc.

También es fácil decir que el color predominante es el que se nos ocurra colocarle a los “independientes”, es decir esos movimientos locales-regionales, sin proyecto para el país, con algún líder catalizador, que se han alzado con la abrumadora mayoría de las presidencias regionales, municipios de capitales de provincias y distritos del interior. Pero, ¿qué quiere decir “independientes”?, ¿qué cosa los unifica como para que tenga algún sentido pintarlos con el mismo patrón? Alguien dirá seguramente que son una respuesta a los partidos nacionales, y en ese sentido son una expresión antisistema. Y que los derrotados, incluido el Partido Nacionalista, son el sistema mismo.

Pero, cuidado, también la enorme mayoría de “independientes” y regionalistas de la elección del 2002 están en la lista de los derrocados. Si algo caracteriza al independientismo es su volatilidad e inestabilidad, que es la marca de todo el sistema político peruano. Ninguno de los ganadores de hace cuatro años tuvo figuración en las presidenciales de hace algunos meses, lo que no es gratuito y tiene que ver con el perfil que mantuvieron ante el gobierno de Toledo y la relación que desarrollaron con las masas de su región. ¿Quién puede saber lo que pasará con los triunfadores del 19 de noviembre?

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El primer dato de la última elección es que ahora tenemos un gobierno, que lleva algo más de cien días en el poder, que se ha dedicado día y noche a generar coyunturas que le permitan estar en la noticia: austeridad, pena de muerte, vacunas, evaluación de maestros, defensa estatal a los violadores de derechos humanos, descentralización, sierra exportadora, control a las ONGs,, etc., y que parece estar haciendo mucho, o anunciando demasiado en casi todos los frentes, y al que las encuestas le asignan por ahora un importante respaldo, y que, sin embargo, cuando llega a su primera elección el país entero se niega a otorgarle un voto de confianza.

Lima vuelve a ser la plaza conservadora, de espaldas al resto del país, que cierra filas con la extrema derecha, que le advierte al presidente que si votó por él en segunda vuelta fue porque le tenía miedo a Humala, pero que ahora marca su distancia y recupera sus sufragios. El sur, la sierra y la selva, le indican al hombre de Palacio, que en realidad no los seduce el asistencialismo tipo “Sembrando”, ni el “aporte voluntario” que está pidiendo a las mineras para hacer obras “para los pobres pedilones” como los tienen clasificados. Y, lo más grave de todo, la costa exportadora (norte e Ica), que eran los baluartes más firmes del APRA, cualquiera fueran las tendencias del viento, se le empiezan a escapar de las manos, dando una señal de que no sienten que este sea el gobierno de las ilusiones de la base aprista.

¿Cómo definir todo esto sino como un fracaso del gobierno?, ¿qué tontería es esa de que Alan García gana porque su partido pierde y va a tener más manos libres y capacidad de decirle a los apristas en la cabeza de Mulder que son nada si él no es el candidato?, ¿hasta dónde caerá el sólido norte y el apoyo al gobierno, si García no escucha el mensaje de las urnas, y sigue creyendo que debe seguir gobernando para pagar el voto que las derechas le prestaron y que lo puso en la presidencia? Mi conclusión es que la derrota del gobierno es mucho más seria de lo que se suele describir como “llamada de atención” y coloca a García en el camino de la precariedad con la que funcionó Toledo durante casi cinco años, a pesar que es lo que ha estado tratando de evitar en todo momento. Esto también puede ser el anuncio de una mayor necesidad de tomar decisiones autoritarias para salir del impasse. Son los nuevos dilemas que hacen llorar al presidente.

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El segundo dato de la elección es que deja a la vista un total vacío de oposición frente al bajón que sufre el gobierno. Esta situación podría verse como más grave sino fuera que para el establisment habría sido aún más terrible si ese lugar hubiera sido llenado por los nacionalistas de Ollanta Humala. Así que hay festejos, en medio del desastre general Es lo que graficó Carlín colocando a García y Flores en el balcón de sus casa en ruinas, burlándose de Humala que también está en el suelo. Si hubo un error de los nacionalistas fue precisamente creer que les correspondería inexorablemente recoger los descontentos con el APRA. Y que su papel en las municipales sería similar al que el partido de la estrella tuvo en el 2002, como la fuerza nacional que se fortalece frente al gobierno.

Los nacionalistas no llegaron a ver que el regionalismo había sido uno de los componentes centrales de los votos del primer semestre y que Ollanta Humala logró enrolarlo dentro de esa alianza informal y movimiento aluviónico que fue su presentación en las dos primeras vueltas del primer semestre del 2006. ¿Qué forma iba a tomar ese gran frente de los explotados y postergados en el espacio de las municipales y regionales de fin de año? Francamente no sé si era posible hacer el tránsito de una etapa a otra, marcando lo equilibrios adecuados, en medio del desorden y la improvisación iniciales; pero lo que era fatal era hacerse ilusiones sobre una relación estable pueblo-partido, sobre todo porque a esto de partido había que ponerle todavía comillas, e imaginar que los movimientos de las regiones seguían siendo secundarios frente a
la estructura nacional.

El balance es que el humalismo no podido traducirse organizativamente en una opción regional y municipal. Eso no quiere decir necesariamente que el humor político-social que Ollanta supo levantar se haya diluido. Haciendo un breve ejercicio de responder por lo que pasó con los votos que fueron de Humala en las dos vueltas presidenciales en algunos departamentos, se encuentran los siguientes resultados[i]:

Puno: 58.9% (cinco candidatos)
Cusco: 86.7% (cuatro candidatos)
Tacna: 55.6% (tres candidatos)
Arequipa: 56.2% (cuatro candidaturas)
Ayacucho: 34.8% (tres candidaturas)

Sería torpe pensar que estas sumas sean fáciles de hacer en el terreno de la lucha política. Pero ellas nos dicen de todas maneras que hubo una división profunda en las regionales y municipales, sobre liderazgos más o menos próximos, y que sólo en algunos casos (Ayacucho, Huancavelica) esto favoreció a sectores de la reacción (pro fujimoristas), mientras que las votaciones del APRA fluctuaron entre 11 y 18%, y la derecha no existió casi en ninguna provincia, confinada a Lima.

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El tercer dato que vale la pena considerar es que los líderes regionales o “independientes” que han sido electos, son en muy pocos casos ratificados en sus cargos. La votación muestra –salvo Lima y Lambayeque-, un rechazo a la reelección y en algunos lugares inclusive una rebelión abierta contra ella. Esto podría parecer poco relevante, pero se vuelve crucial si se considera que muchos de los hoy vapuleados eran líderes emergentes hace cuatro años. ¿Por qué no se han fortalecido con el tiempo y se han proyectado sobre ámbitos más amplios que los originarios? Otra manera de preguntar lo mismo es inquirir: ¿por qué ninguno de ellos se convirtió en carta fuerte para las elecciones presidenciales, y entre los partidos devaluados y los jefes regionales independientes, surgió limpiamente la figura de Humala?

Obviamente porque se desperfilaron. La radicalidad regionalista no fue muy lejos. Y frente a sus insuficiencias, surgieron otros con discursos más radicales, pero igualmente oponiendo lo nacional a lo regional, con lo cual están condenados a tocar su límite. Esta es en buena cuenta la característica medular del proceso peruano: todo lo que parece fuerte y victorioso en un momento, tiende a descolocarse ante los nuevos desafíos. ¿Qué podría hacer que esto no vuelva a suceder con los ganadores de la reciente votación que viven su momento de gloria?

La victoria de los líderes regionales pasando por encima del partido de gobierno, los partidos de derecha, centro e izquierda, y el todavía incipiente partido nacionalista, puede tomarse como un síntoma altamente ilustrativo de la crisis nacional y de lo efímero de las correlaciones políticas. Uno escucha que Guillén de Arequipa quiere ir a una coordinación de regiones, que el presidente de Ancash anuncia un plan de lucha contra las mineras, que se habla incendios sobre el nuevo presidente de Puno y se le define como una especie de Humala al cuadrado, que se suman triunfos reales y supuestos a la cuenta de Patria Roja, etc., y parecería que todos los miedos han vuelto a ponerse sobre la mesa.

Pero la perspectiva no es suficientemente clara con los primeros resultados de las elecciones. No hay un programa de articulación regional; el entendimiento de la velocidad de las definiciones no es homogéneo, ya que para unos los conflictos son inminentes, mientras otros se ven cubriendo etapas de diálogo con el gobierno y las empresas, antes de pasar a otras medidas; cada líder regional está proyectado hacia dentro y lo que lo hace valioso en su lugar de intervención no vale para otras regiones; García aún mantiene amplia capacidad de juego para neutralizar algunas regiones y aislar a los presidentes más ariscos. Claro que todo recién comienza y estos problemas pueden empezar a superarse, sobre todo si se logra tener claro la forma cómo deberán conectarse los logros, con todas sus contradicciones, alcanzados en el primer semestre, con la nueva realidad del 19 de noviembre.

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El último dato importante que emerge del 19 de noviembre es el de la violencia, que los análisis convencionales tienden a separar como asuntos extraños, vandálicos, ajenos a la llamada “fiesta democrática”. Se han contado decenas de jurisdicciones (distritos, provincias, en las que ha habido fuertes enfrentamientos: toma y/o quema de locales (ONPE, Municipalidades, casas de los alcaldes, etc.), apedreamientos, choques con la policía. En la gran mayoría se trataba de rechazo a las reelecciones; en otros, cuestionamiento a ciertos ganadores que se perciben cercanos a las empresas mineras y otros grupos de poder.

Lo importante aquí es la explosividad a flor de piel y la incapacidad del mecanismo democrático para funcionar como siempre lo hizo, como un atenuador de conflictos. De alguna manera esto nos está diciendo que lo que ha sido sembrado a lo largo de la fallida transición de los 2000 y lo que puede sobrevenir a la extrema polarización del primer semestre, resuelta a fortiori ungiendo a un Alan García, en el que nadie creía (y parece que muy pocos creen) en presidente de emergencia de todas las fuerzas del sistema ante la irrupción social, son situaciones de indignación fuera de control. Estas estaban presentes a mediados de 2005, cuando los estudios de opinión daban bajísimos niveles de aprobación al gobierno, las instituciones y los partidos políticos, y eran muy pocos los que tenían esperanzas en una solución electoral.

La polaridad política de la segunda vuelta del 4 de junio: país partido en dos, bloque popular multiforme y una coalición de los viejos partidos frente a frente, era aunque muchos le tuvieran pánico, una fórmula de canalización de las tensiones. Véase lo que pasa cuando se rompen los diques. La violencia está viniendo no porque Humala la convoque (hasta donde le es posible trata de contenerla), sino porque otra vez estamos en que nadie cree en nadie, y cada uno jala para lo suyo. Con las confianzas quebradas el país puede escaparse de las manos en corto tiempo.

Es necesario buscar una mirada total, de golpe, al escenario en su conjunto. Ahí es donde pueden verse los peligros, que no se van a conjurar con la nueva amenaza de García contra las revueltas. Y ahí también deben estar las posibilidades de construir una fuerza popular organizada que reúna a todos los factores de cambio.

23.11.06

http://rwiener.blogspot.com/

[i] Datos de la ONPE al 90.1%, para votación regional, agregados por candidaturas más o menos próximas a las que se agruparon en torno a la UPP-Ollanta Humala en la segunda vuelta de junio.

1 comentario:

EL NOCTÁMBULO dijo...

Una de las causas indesligables del fracaso del PNP es su acercamiento a personajes de tendencia izquierdista que se caracterizan màs por dividir que por unir

Si Carlos Tapia se fuera del lado de Humala, el comandante volverìa a la realidad

Por otro lado, Alan sigue bajando en las encuestas, y no se ve que alguien aproveche ahora ese bajòn