En los años 70, se describía a Lima como una ciudad que no
había terminado de integrar sus dos polos principales: el casco urbano
consolidado donde se ubicaban los espacios tradicionales y las zonas de clases medias
y ricas en expansión, y el cinturón de pobreza que alcanzaba los cerros y
arenales, que serían bautizados sucesivamente como pueblos jóvenes, conos y
finalmente como distritos emergentes. En algunos puntos que se podían
identificar existía una metrópoli de la marginalidad y el delito, uno de cuyos
focos era el siempre famoso mercado mayorista La Parada.
Este orden urbano cambió dramáticamente en los 80 y 90. La
destrucción del aparato industrial echó a muchísima gente a la calle y la
obligó a inventar trabajos para subsistir, lo que se convirtió en una explosión
de informalidad. Con el segundo Belaúnde y el primer García, el país mayoritario
y trabajador fue obligado a dejar de pensar que el Estado tenía alguna
obligación hacia ellos y a salir adelante como fuera. Lo que se llama crisis de
representatividad de los partidos y la aparente falta de racionalidad de los
resultados electorales, responde a este divorcio esencial entre el poder y la
población.
A lo largo de los 80 se podía decir que en términos
políticos la Lima de los pobres era de izquierda y el resto era de centro
derecha con el PPC como su principal partido. Bajo esos términos la revocatoria
que hoy se plantea jamás habría podido ponerse en marcha. Pero en 1989 se
quebró el esquema, por el acentuamiento de la crisis económica y social, y la
división de las izquierdas. Y lo que pasó es que el voto pobre se independizó.
Las municipales de ese año y las presidenciales del siguiente cambiaron el mapa
político. Pero para entonces ya estaba surgiendo una nueva Lima, los intereses
se fueron diversificando y los modos informales se fueron endureciendo.
Hoy es mucho más difícil que antes hablar de una Lima de
pobres y otra de ricos y capas medias, no obstante existan territorios en los
que los contrastes son bien visibles. Mucha gente ha progresado a pesar de las
dificultades, pero muchos otros se mantienen en una miseria espantosa y sin
esperanzas. Hay frustraciones que atraviesan varias generaciones y resistencias
tenaces a los intentos de orden de las autoridades. El voto que llevó a Susana
Villarán a la alcaldía no es el mismo que encumbró a Barrantes hace treinta
años. Lima es una ciudad que combina ahora un marcado conservadorismo de sus
clases altas y medias, y de una fracción de las clases emergentes, con un
descontento hacia todo y hacia todos que alimenta el achoramiento de mucha gente que vota para que
se caiga el mundo porque no tiene esperanzas que esto pueda cambiar.
Los de la revocatoria han movido esos sentimientos sin medir
lo que puede pasar.
11.03.13
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